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Energía limpia para todos en 2030: ¿somos demasiado optimistas?

Por Luis Meyer

El séptimo Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS 7) es garantizar el acceso a una energía asequible, sostenible y fiable para todos en 2030, pero… ¿estamos progresando lo suficiente para cumplir con la fecha límite?

Hay algunos datos que invitan al optimismo. Según los últimos estudios de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), casi 1.200 millones de personas han tenido acceso a una red eléctrica por primera vez desde el año 2000, y el número de personas privadas de este bien esencial cayó a unos 1.000 millones en 2016. La mayor parte de este progreso se ha producido en Asia, y en concreto, en China, que logró la electrificación universal en 2015.

Sin embargo, otros indicadores demuestran que el mundo está aún lejos de llegar a un escenario en el que haya energía sostenible para todos. El crecimiento de la población y el aumento de las desigualdades hacen suponer que, según la AIE, unos 600 millones de personas permanecerán sin electricidad en 2030, la mayoría en África y Asia.

Hacen falta, por tanto, esfuerzos adicionales. En particular, existe la necesidad de duplicar la financiación prevista para alcanzar las metas del ODS 7 a nivel mundial, según datos del Asian Developement Bank. O, lo que es lo mismo, es preciso pasar de los 500 mil millones de dólares anuales actuales a 1.200 millones por ejercicio, hasta llegar a 2030.

Pero la cuestión clave no solo es la cantidad de dinero invertido. Es más importante, si cabe, determinar cuál será la tecnología adecuada para proporcionar electricidad a los más desfavorecidos, sobre todo a quienes viven zonas rurales, despegadas de la civilización. Las energía renovables, en especial la solar fotovoltaica y la eólica, han disminuido enormemente sus costes en los últimos 10 años, pero aun así, el reto de alcanzar un panorama global sin combustibles fósiles es demasiado aventurado: Asia tiene, aún hoy, un porcentaje mayor de energía derivada del carbón, y es el continente más poblado del mundo.

Según el análisis de la AIE, el carbón seguirá representando el 45% de la energía generada en esa región en 2030. Sin embargo, el mismo estudio advierte de que, ante el incremento de demanda de electricidad en zonas rurales –acorde con las pretensiones del ODS 7–, los sistemas de energía convencionales, como las grandes centrales térmicas y las redes de larga distancia, han demostrado sus limitaciones.

Esto se debe, según la un análisis del Asian Developement Bank, a que los sistemas convencionales solo son rentables si la carga de electricidad es superior a 100 kilovatios y a, como mucho, 10 kilómetros de las redes principales. Sin embargo, la mayoría de la población que hoy no tiene acceso vive en áreas remotas de difícil acceso.

En este escenario, la solución que empieza a plantearse con fuerza son las llamadas «minirredes»: tienen un coste mucho más bajo que la extensión de redes, o la energía generada por diésel. La electricidad se genera y se consume a nivel local, a partir de fuentes renovables. También son más resistentes frente a desastres naturales. Martin Krause, jefe del Equipo de Política Energética Global de la ONU, lo explica en un artículo: «Los sistemas energéticos descentralizados pueden contribuir a limitar los riesgos que enfrenta el sector energético, en particular los relacionados con los desastres. Como hemos visto recientemente en Nepal y Vanuatu, un gran desastre puede tener un enorme impacto en los sistemas socioeconómicos y de infraestructura. Un sistema energético centralizado sería más proclive a las fallas, lo que podría traducirse en semanas o meses sin energía, paralizando las actividades de socorro y retrasando la recuperación».

En algunas zonas rurales de Kenia ya se han implantado, y han demostrado sus beneficios, sobre todo, sociales: en pueblos a donde no llegaba la electricidad o lo hacía de forma inestable, las minirredes están alimentando escuelas y clínicas de salud, plantas de purificación de agua por ósmosis inversa, bombas para riego de cultivos, e impulsando el surgimiento de pequeños negocios minoristas. Esto, en definitiva, es lo que busca el ODS 7. Ahora, el reto es llevar esta experiencia a una escala mucho mayor.

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