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El big data planta cara al despilfarro energético

Por Esther Peñas

Reducir el despilfarro de energía es una necesidad perentoria: nuestra dependencia energética es insostenible al verse comprometida por los combustibles fósiles, cuyas reservas son limitadas. Los recursos finitos se agotan. Precisamos de un modelo de eficiente que incida en todo el proceso, desde la generación de energía a su consumo, pasando por la distribución y la comercialización. No se trata solo reducir, sino de optimizar. 

La tecnología big data se postula como el mejor de los aliados posibles. Un dique de contención en código binario. Al procesar cantidades ingentes de información, permite hacer cálculos estadísticos, generar bases de datos de históricos, analizar los consumos (con todos sus matices, como las franjas horarias o los patrones), establecer comparativas y precisar los modelos de consumo finales: no se puede mitigar el consumo si desconocemos cuánto estamos gastando. 

Según Gartner, empresa consultora y de investigación de las tecnologías de la información, a finales de este año habrá ocho mil millones de objetos conectados mediante el conocido como «internet de las cosas»– o IOT, por sus siglas en inglés–, y en 2020 esa cifra se situará en los veinte mil millones. Un colosal ecosistema de dispositivos on line que suministra datos permanentemente. 

El análisis (a tiempo real y desde cualquier lugar) que permiten los macrodatos facilitan un uso racional de la energía. Con ellos podemos controlar la temperatura o la cantidad de luces que están encendidas, abrir y/o cerrar las persianas, desactivar ciertos sistemas… Sus aplicaciones son muy útiles en el hogar, pero también en los edificios. El estudio de estos datos masivos permite, por ejemplo, el aprendizaje del comportamiento del inmueble para que, de manera autónoma, impulse su eficiencia energética, reduzca las emisiones y mejore el consumo. En este sentido, cabe recordar que hablamos de una construcción energéticamente eficiente cuando es capaz de minimizar los recursos convencionales de los que se nutre, manteniendo los niveles de comodidad. Es una apuesta por ser más sostenibles, pero no a costa de mellar la calidad de vida de quienes lo habitan.

También en las compañías el big data se ha vuelto indispensable. Según datos recogidos en El Economista, las pymes temen las consecuencias económicas que tendrá para ellas la subida del 21% en la factura de la luz que se espera para 2019: reducir el consumo energético es algo vital para el planeta, pero también para la viabilidad de las pequeñas corporaciones, y bastan acciones mínimas para hacerlo. Si, por ejemplo, gracias a la información final proporcionada por las conclusiones de los datos masivos, sabemos que la iluminación exige un consumo excesivo, se pueden instalar sistemas de auto-apagado o usar bombillas de bajo consumo. Esta intervención, en apariencia mínima, podría reducir hasta en un 20 por ciento los costes de mantenimiento.

En cualquier caso, el ahorro energético, más allá de una necesidad auténtica en términos ecológicos, a partir de 2020 será un imperativo legal. El Tratado de Lisboa, de 1994, conmina a que los nuevos edificios tengan un consumo de energía casi nulo, así como a la reducción del 20 por ciento del consumo de energía global y de los gases de efecto invernadero en cada país. 

Los edificios son, en la actualidad, los grandes depredadores energéticos, ya que representan el 40% del total del consumo, y generan el 36% de las emisiones de CO2 a la atmósfera. La aplicación del big data a la información que dispensan los sistemas, objetos y servicios que lo integran permitiría una gestión energética más sostenible, eficiente y económica.

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